Wednesday, August 12, 2009

Ya estoy por terminar esta historia. Ahora entiendo por qué

Ya estoy por terminar esta historia. Ahora entiendo por qué Raymond Carver decía que hay que tener paciencia.

Monday, August 10, 2009

Kindle and the future of reading: newyorker.com

Recomiendo mucho esta crónica de Nicholson Baker sobre su experiencia con el Kindle de Amazon. Muestra el lado flaco de un artefacto que, según los entusiastas, reemplazará al libro impreso.

Kindle and the future of reading: newyorker.com

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Wednesday, August 5, 2009

Como si existiera una razón no sentimental para extrañar la

Como si existiera una razón no sentimental para extrañar la Narvarte. Las calles trazadas en diagonal que lo hacen sentirse a uno perdido, la fachada de la iglesia de San Agustín con su Toma y lee tallado en la cantera de la fachada. Cierto aire como de provincia, como de ciudad, que es difícil de definir, con su cielo nublado y sus arboledas, la ruinas de lo que fue el milagro mexicano allá por los años cincuenta, el spleen narvarteño tan clase media venida a menos, pero que no termina de caer (resiste todas las crisis, todas las devaluaciones con dignidad), la unidad habitacional SCOP y los horrendos murales de la Secretaria de Comunicaciones y Transportes con su falsa prosapia socialista: la versión Disney del muralismo mexicano. Nada en especial, y sin embargo, por lo mismo, especial. La idea de que vivir en una ciudad pueda ser algo tan génerico y anodino. Es difícil no sentir nostalgia.

Tuesday, August 4, 2009

Huérfano de todo logro en este mundo atareado y polvoriento, me

Huérfano de todo logro en este mundo atareado y polvoriento, me di de pronto a recordar a todas las muchachas que había conocido, evocándolas de una en una, hasta que me asaltó la idea de que todas me superaban en conducta y raciocinio. […] Pero no importa cuán imperdonables mis crímenes, no debo permitir que todas las adorables muchachas que he conocido pasen al olvido por mi maldad o mi deseo de ocultar mis defectos.
CAO XUEQUIN. Sueño de las mansiones rojas.

Monday, August 3, 2009

Terrorismo internacional / primera parte

Sentía cómo el metal frío se calentaba con el sudor de su mano dentro del pequeño bolso. ¿Tendría la fuerza para jalar el gatillo? No la fuerza moral, sino la física para sostener el revolver con ambas manos, jalar el gatillo y soportar la descarga. Ya antes había escuchado el sonido de la pólvora al estallar, le gustaba el olor, pero le daba miedo el estruendo que tal vez le fulminaría la mano, su carne de niña. El cañón de la pistola estaría al rojo vivo, humeante, y entonces miraría ese cuerpo caer. Por supuesto ocurría en cámara lenta como en las películas, ¿dónde más? Ese rostro feo se contraería de dolor al llevarse una mano al pecho, al negro agujero sanguinolento entre los galones de su costoso y exagerado uniforme. Y para eso tendría que cerciorarse de que las balas estuvieran hechas de plata, porque el hombre era una especie de vampiro o licántropo. Lo miraría caer y los guardias de seguridad, personajes secundarios e indefectibles, realistas, vendrían hasta ella para cogerla. Ella soltaría el pequeño revolver, hecho a su medida, y correría sin esperanza de escapar porque era sólo una niña.
Cuando Bea tenía nueve años una de sus fantasías recurrentes era que asesinaba a Muammar al-Gaddafi, el líder libio, mejor conocido simplemente como el coronel Gadaffi. Nadie sospecharía de una niña de nueve años que lleva escondida una pistola en su bolso de juguete, pensaba ella. Era una visita oficial, una larga fila de presentaciones, protocolo que Bea imaginaba tan parecido al saludo a la bandera de la escuela pública en donde cursaba el cuatro grado de primaria. Gadaffi vestido con un ostentoso traje militar, con charreteras esplendentes, la gorra de policía bordada con galones dorados. Gadaffi, su aire cínico y patibulario. Entre sus planes, Bea también contaba con que nadie sería capaz de recluir a una niña en la cárcel por el asesinato de un líder carismático. El mundo proclamaría por la libertad de la niña tiranicida, y ella le salvaría salvaría a cambio; salvaría a sus padres, a sus hermanos, a sus compañeros de clase, todos estarían infinitamente agradecidos, una heroína. Porque Muammar al-Gaddafi, ese hombre que exteriormente no parecía tan diferente del mexicano promedio (moreno, cacarizo y enjuto), era una amenaza para la paz, así lo decían en el noticiario y en las editoriales de los diarios que el padre de Bea compraba cada día. La paz mundial era un problema serio y Bea pedía por ella cada noche en sus oraciones. Junto con la paz en el Medio Oriente era un tópico corriente, abstracción tangible y honda, la conflagración final también. Gaddafi apoyaba a los terroristas y estos sujetos colocaban bombas en discotecas, secuestraban aviones, la gente moría en todas partes por culpa de ellos, estallaban en el cielo, cientos de personas a manos de los terroristas; morían bailando en lugares nublados como París, Berlín, Londres. Además las tensiones entre Estados Unidos y Libia podían desembocar en una tercera guerra mundial, decían los adultos, pues los soviéticos no se quedarían cruzados de brazos. Los adultos, ese conjunto uniforme de opiniones equivalente a los sabios de la tribu. Los adultos y su café instantáneo, sus galletas, y sus periódicos colocados sobre la mesa de la cocina; cada uno diferenciado del otro por un gesto o una característica física; los adultos susurrando cosas que consideraban incomprensibles para los niños, tonos ascendentes y descendentes que significaban algo en la jungla de símbolos de los adultos, del mundo exterior, de lo que estaba más allá y era inteligible, pero al mismo tiempo patente al entendimiento: el peligro, lo tremendo, la esperanza, el cinismo, el enojo.
Era la primavera de 1986 y Gaddafi aparecía en las portadas de las revistas como la principal amenaza para el mundo libre; Ronald Reagan, con el cabello engominado, y sus asesores, miraban en un cuarto de guerra un mapa de la nación Libia, con sus abundantes campos petroleros y campamentos terroristas. Margaret Tatcher y su peinado esponjoso y gris, como un estropajo, estaba de acuerdo en que Estados Unidos bombardeara Libia. Margaret Tatcher parecía la versión femenina de Ronald Reagan. El papa, ese lindo viejecito polaco, también rezaba por la paz mundial. La caricatura de Gaddafi aparecía en la portada de la revista Siempre! El noticiario de la televisión, censurado por el gobierno, prefería explayarse en las atrocidades de Muammar al-Gaddafi y el Ayatolá Jomeini (otro posible blanco) que en las noticias domésticas o en las atrocidades de Ronald Reagan. Aviones caza eran despedidos uno tras otro desde portaviones en el Mediterráneo (un hombre con casco y audífonos les hacía señales sobre la cubierta, una bandera en cada mano, de fondo el amanecer) para bombardear Trípoli y otras posiciones del ejército libio, y los campos terroristas de la Organización para la Liberación de Palestina, financiados por el genio egocéntrico del coronel Gaddafi, fanático del nacionalismo árabe laico y todas esas pavadas.
En casa de Bea los Beatles sonaban en el equipo de sonido de su padre, amigable profesor de Ciencias Naturales que hojeaba las revistas Siempre! y Proceso. En esta última Bea leía al final las tiras de Boggie el aceitoso de Fontanarrosa sin entenderles demasiado. Pasaban las tardes y su padre olía a brandy y cerveza, sentado en la sala con los pies cruzados, con la revista Siempre! Una existencia beatífica, trabajaba por las mañanas, se dormía temprano. Bea leía todo lo que encontraba en la casa, las revistas, los periódicos, incluso el anuncio clasificado y la sección de deportes, los libros de texto de secundaria que pululaban en los libreros, las revistas de costura y tejido de su madre y de decoración en donde aparecían interiores ordenados, cuadriculados, con luz perfecta, y muebles funcionales, en contraste con su casa que parecía un campamento de gitanos. La tina del fregador llena de trastes sucios, las paredes rayadas por Bea años atrás con crayones y betún de zapatos (en la escalera podía leerse: “Odio a mi mamá”, con todo y acento diacrítico). Los muebles de la sala eran funcionales, pero no toda la parafernalia que los rodeaba; siempre había cosas fuera de lugar: revistas, libros, cepillos, tubos para el cabello, cajas de medicinas, trastes sucios, juguetes, las portadas de los discos con John, Paul, George y Ringo. La guitarra de madera despintada de Paracho, Michoacán, con la que su padre, y un cancionero de Guitarra Fácil de los grandes éxitos de los Beatles, ensayaba el mantra de “Across the Universe”: Jai Guru Deva Om, nothing’s gonna change my world, nothing’s gonna change my world.

Wednesday, July 29, 2009

África / outtakes

Los días se volvieron más largos y calurosos, pero mi padre nunca llegó. África era un lugar lejano y tal vez no era tan fácil regresar. Lo imaginaba en la proa de un barco, su figura larga y encorvada. Muchas veces imaginé que llegaba vestido con el poncho de la fotografía. Yo le abría la puerta y le decía: Soy tu hijo. Le mostraría la casa, el pequeño huerto del patio donde crecían nuestras legumbres, las calabazas que yo había cultivado. Le mostraría mi cuarto y el de mi madre. Él dejaría el poncho sobre una silla y su enorme mochila en el suelo. Se sentaría en la sala, oliendo a tabaco como huelen los hombres adultos, y yo le traería un vaso de agua. Le preguntaría muchas cosas sobre África, si había estado en las pirámides, si vivió entre caníbales. Le preguntaría sobre el Kilimanjaro en Tanzania. La sonrisa de mi padre era como en las fotografías, pero no decía ni una sola palabra porque no podía imaginar cómo era su voz. ¿Traería regalos para mí? Un colmillo de elefante, juguetes africanos. ¿Me dejaría jugar con su rifle? Yo le prometía tener mucho cuidado porque, como decían las mujeres, las armas las carga el diablo.
El sol se quedaba más tiempo sobre el cenit, y las mujeres siguieron haciendo tortillas de harina. Yo dejé de ir a la escuela sólo para contemplarlas por las mañanas limpiando la banqueta y su pedazo de calle. Echaban cubetas de agua en el suelo y fregaban las banquetas con la escoba y a mi ventana llegó el olor de la tierra mojada y la lejía. Mi madre tenía que ir a trabajar por las mañanas y me dejaba encargado a una de las mujeres. Y yo pasaba las mañanas en la mesa de una cocina, junto con los otros niños, entregado a aburridos juegos infantiles, mirando cómo las mujeres lavaban la ropa en una tinaja de latón cubierta de espuma. Las miraba fregar los pisos de cemento, y luego poner los frijoles en la olla de presión. Las acompañaba a la carnicería donde compraban carne envuelta en periódicos viejos. La veía ir con una red al mercado y comprar verduras y frutas, y harina, maíz. Las miraba picar siempre, invariablemente, el chile, la cebolla y el tomate del guiso.
Mi madre siempre les dejaba recipientes de plástico con mi comida.
—Por lo que más quieras—me decía—, nunca comas lo que preparan en esas casas.
Y yo me sentía aparte en aquellas mesas, los platos de mi madre tenían sabores delicados, pero yo anhelaba los guisos picantes que preparaban esas mujeres, el olor de la carne me daba nauseas, pero al mismo tiempo placer. Y cada tarde era un suplicio sentirme como un marginado mientras los otros niños hundían la cuchara en esos picantes y humeantes guisos, y se servían con la cuchara de madera frijoles (los cuales sí me permitían comer) y bebían refrescos (también prohibidos) de fresa, de uva, coca cola. Un poco antes de que llegara mi madre a salvarme llegaban los hombres cansados y sudorosos del trabajo y yo salía con las mujeres a la tienda, las veía comprar siempre una botella de un litro de cerveza y cigarros con el dinero que el hombre sacaba de sus bolsillos; compraban el periódico de la tarde donde siempre había un muerto en la portada, cubierto de sangre. Los hombres comían a grandes bocados y dando tragos a la cerveza, y apartaban el plato con un codo al terminar. Encendían un cigarro mientras todos veíamos el televisor. Me gustaba el olor a cerveza y tabaco, el ruido que hacía el televisor. Pasaban las noticias del medio oriente, de África. Mi padre estaba ahí, en esos lugares, un secreto que yo guardaba como mi madre me lo pidió. De fondo las mujeres lavaban los trastos. Me gustaba ese mundo de olores y sensaciones que en mi casa no existía.
La pulcritud triste, un minimalismo implacable, no había televisor, la mujer de los discos seguía cantando en inglés esas canciones tristes y mi madre se sentaba en la mesa con los libros de los tipos de peinados raros y yo con mis propios libros que hablaban de África. Ya no me interesaban los inventos, los automóviles antiguos, los dinosaurios, los grandes mamíferos extintos. El continente negro ocupaba todos mis pensamientos, y mi madre sacaba de la biblioteca, a petición mía, sólo libros sobre el tema: las pirámides, los piratas de Argel, el comercio de esclavos. En África había guerras, dictadores, hambrunas. Mi historia favorita era la del explorador Stanley, quien se propuso descubrir el lugar donde nace el río Nilo, y que cruzó el Congo en balsa y fue atacado por caníbales desde ambos flancos. Stanley era un niño como yo cuando huyó del orfelinato y en su tiempo fue muy famoso: una celebridad; fue él quien encontró a Livingston, otro explorador —inepto por cierto—, que estaba perdido. Llegó al corazón de África y cuando encontró a Livingston le dijo: Doctor Livingston, I presume; y por eso se hizo más famoso todavía. La misma escena todas las tardes: el ventilador encendido, las puertas del frente y de atrás abiertas para que el aire corra, las moscas chocan contra los mosquiteros de las ventanas y una mujer joven no levanta la cabeza de sus libros, mientras yo examino un mapa de África en un atlas muy caro y que tengo que cuidar bien, no rayarlo, por ejemplo, me dice ella, porque todavía no se termina de pagar. Fantaseo con que mi padre llega de un momento a otro en una de esas tardes, le digo: Doctor livingston, I presume. O tal vez es él quien me dice a mí esta misma frase porque, ¿quién encuentra a quién? ¿Quién es el que está perdido? O tal vez yo deba ser como Stanley, y organizar una expedición al África subsahariana, remontar el Congo entre caníbales y perezosos cargadores nativos.
Pero en lugar de mi padre, una tarde de esas volvió el hombre que cojeaba. Recuerdo que tocó en la puerta del mosquitero con una moneda y eso nos asusto a pesar de que habíamos oído las pisadas irregulares de sus botas al acercarse por la calle. Las tardes eran tan tranquilas que nada se movía allá afuera, la gente dormía la siesta pero mi madre decía que eso era un mal hábito, que ese tiempo estaba mejor empleado leyendo libros. Corrí hacia la puerta pensando que sería mi padre, y ya tenía en la punta de la lengua la frase de Doctor Iivingstone I presume cuando vi al hombre que cojeaba con la cabeza apoyada en el mosquitero, y la mano en la frente a manera de visera. Mi madre venía detrás de mí y sentí su mano en mi hombro.
—Julia —dijo el hombre—, ábreme. Me andan buscando.
Nunca me acostumbré a que llamaran a mi madre por su nombre de pila.
—No puedo —contestó ella.
El hombre se sorprendió de la respuesta. Volvió a mirar a ambos lados de la calle, como la vez anterior. Noté que usaba la misma ropa que la primera vez que lo vi. ¿Era un vagabundo? Se disponía a jalar de la puerta cuando Julia pasó por encima de mí para correr el pasador, y el hombre sacudió la puerta.
—Tengo un hijo —fue lo que alcanzó a decir, no muy convencida.
—Está bien —dijo—, sal a hablar, por favor.
Mi madre titubeó y luego me dijo:
—Quédate aquí y no abras la puerta.